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LA VIDA ES UNA ESCUELA PARA EL AMOR

A lo largo de la historia las personas que han aspirado a la espiritualidad, se dieron cuenta de que el amor verdadero que crece en el interior no es algo exagerado, es un sentir que produce alegría interna profunda, franqueza y compenetración con el prójimo.

El amor verdadero y por ello divino, no se vanagloria, es reservado y espera, sin embargo se regala en todo momento donde es necesario y conveniente.

Por ello a los verdaderos sabios espirituales, se les considera a menudo como personas frías, faltas de amor y duras, porque no cultivan el amor exagerado, el amor humano, sino el amor desinteresado que fluye desde el interior y que se une con lo interno en el prójimo.

El amor verdadero no tiene gestos externos, es un dejar fluir la corriente interior. Desde el interior deberían fluir hacia el prójimo las fuerzas del amor desinteresado y de la benevolencia. Gestos externos, apretones de manos y abrazos con muchas palabras de amor y apasionamiento es amor humano, es exagerado.

No debemos imponer ninguna presión a nuestro prójimo, tampoco mediante un amor humano exagerado. Muchos creen poder convencer a su prójimo con amor y cautivarlos con ello, pero esto significa abusar del amor. Cada persona tiene su libre albedrío y debe conservarlo, pues el amor interno es una entrega tranquila, que se regala, una comprensión profunda del prójimo.

El amor exagerado es humano y no da testimonio de reconocimiento profundo ni de sabiduría divina. Sin embargo la vida terrenal es una escuela del amor y de la sabiduría divina y quien ha terminado con buen éxito esta escuela, ha cumplido la finalidad de su vida terrenal.

El amor es el poder más grande en el Universo, un poder que traspasa a todas las formas de vida. Deberíamos reconocer en todo la belleza y acoger todo en nosotros llenos de agradecimiento, respeto, amor y admiración.

Entonces experimentamos a cada instante sucesos espirituales profundos e indescriptibles, en torno a nosotros y también dentro de nosotros. En ello muere nuestro yo humano y surge lo interno, la grandeza de nuestro Ser eterno.

Por Teresa Antequera Cerverón









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